El aire puro no puede entrar en la habitación, detrás de la sellada ventana dos pequeños ojos observan el cielo despejado; en las montañas del horizonte puede vislumbrarse un cierto brillo blanquecino causado por las primeras nieves, el sol es radiante, y un suave viento va acariciando las hojas y ramas de los árboles y dándoles un movimiento rítmico, casi armónico. Delante de esos pequeños ojos, unos oscuros pájaros revolotean entre el tendido eléctrico, de vez en cuando, alguno se deja caer en picado, mientras otros ascienden en busca de un buen lugar para reposar un instante.
Los pequeños ojos se dirigen hacia la puerta de la estancia en la que se encuentra, una puerta de hierro, maciza, sin fisura alguna, que le aisla completamente del exterior. Hace días que no se ha abierto.
La mirada desesperada vuelve a atravesar las paredes, e incluso alza la cabeza y lo intenta con el techo, pero todo está vacío, hace días que no ve a nadie, hace tiempo que escucha nada.
Los pequeños ojos se desplazan hasta el rincón derecho del cuarto revisando el agua y la comida...tres días más y no quedará nada. Al lado de los víveres está situada la cama, un colchón viejo y unas cuantas mantas. En el otro rincón de la habitación, sólo residuos corporales y basura.
Sin embargo, los pequeños ojos tienen aún curiosidad, hay algo más que desearía ver, y vuelve otra vez a la ventana. Su ilusión es poder observar a dónde van los pájaros cuando bajan al suelo, la mirada se esfuerza, pero no llega bien al cristal debido a su altura, y no puede verlos. Le gustan mucho los pájaros, le gusta contemplar su vuelo, son su única distracción, y es lo único que tiene a parte de nada.
El fulgor de una idea brilla en la retina de esos pequeños ojos, y empieza a acumular en el suelo, frente a la ventana, todo lo que encuentra en la habitación que puedan ser de utilidad para elevar su posición, y ese es su único propósito, y no existe otro objetivo para él, más que poder ver un poco más desde la ventana.
Cuando los pequeños ojos han logrado realizar un pequeño montículo, suben con avidez, deseosos de observar, de mirar, y sobre todo sentir algo distinto. Por fin en la cima, de puntillas y estirándose con todas sus fuerzas, los pequeños ojos se inclinan hacia la ventana y ven al fin hacia dónde se dirigen los pájaros, allí están, en el suelo, picoteando, comiendo, andando a saltitos entre decenas y decenas de cadáveres humanos, decenas y decenas de cuerpos inertes.
Los pequeños ojos ya no están en la ventana, han dejado de mirar...